Aproximaciones a una pastoral de acogida para personas homosexuales, lesbianas, bisexuales y transexuales

Pastoral de la Diversidad Sexual de CVX Chile (Santiago de Chile), 14 de septiembre de 2014
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Queridos padres y queridas madres del Sínodo Extraordinario de la Familia, Queridos amigos y queridas amigas en Cristo, La Pastoral de la Diversidad Sexual, en adelante PADIS+, nació en la Comunidad de Vida Cristiana (CVX) de Santiago a fines del año 2010, como respuesta a la búsqueda de acompañamiento y acogida en la fe que experimentaron gays, lesbianas y bisexuales de diversas edades y procesos, algunos de ellos miembros de la misma Comunidad.
Desde sus orígenes, hemos creído firmemente que esto ha sido una respuesta fiel y coherente a la acción del Espíritu, así como a la Buena Nueva anunciada por Jesucristo.

Tiempo después, surgió la necesidad de diseñar un espacio similar de acogida para madres y padres de lesbianas, gays y bisexuales, concretando la iniciativa a mediados del año 2012. La intuición inicial fue similar a la que se experimentó en un principio en el grupo GLB: padres y madres también necesitan reencontrarse con la Iglesia, acompañarse, escucharse y caminar juntos, en el proceso de reconocimiento de la orientación sexual de sus hijos e hijas.
Hoy, el grupo está conformado por cerca de 80 personas gay, lesbianas y bisexuales, y alrededor de 50 padres y madres de distintas tradiciones espirituales de la Iglesia Católica. Además, son dos jesuitas, una religiosa del Sagrado Corazón de Jesús (RSCJ) y una laica de CVX que acompañan a la pastoral.

PADIS+ nació dentro del contexto de una comunidad cristiana particular, que respondió afirmativamente a una necesidad concreta de encuentro y acogida, seguido de un proceso gradual de sensibilización y apertura al interior de ésta. Ellos han asumido como propias nuestras luchas y deseos de una Iglesia inclusiva, en un proceso que muchos y muchas reconocen como un camino de conversión hacia una mayor fidelidad con el Evangelio.
Con ustedes -reunidos para discernir cómo hoy se concreta la evangelización de y a través de las familias- quisiéramos compartir respetuosamente, en la caridad y la esperanza que nos une en nuestro Señor, algunas reflexiones surgidas de nuestra experiencia pastoral, de reencuentro con la Iglesia y crecimiento en el sentir con ella, desde nuestra identidad como homosexuales, nuestro servicio como acompañantes, y desde nuestra experiencia como madres y padres. Esta carta, a ustedes también, es ocasión para agradecer el cambio de lenguaje que percibimos en el Instrumentum Laboris, con el que la Iglesia ha querido iniciar sus reflexiones sobre esta materia.
Esperamos que nuestra contribución sincera y testimonial ayude a vuestra labor, hacia una mayor visibilidad del amor de Cristo y su Reino.

Fraternalmente en Cristo,

Consejo PADIS+

pastoraldiversidadsexual@gmail.com

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APROXIMACIONES A UNA PASTORAL DE ACOGIDA PARA PERSONAS HOMOSEXUALES, LESBIANAS, BISEXUALES Y TRANSEXUALES

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Estas reflexiones surgen de nuestro caminar como pastoral, de nuestras experiencias, y de nuestro contexto, inserto en la Iglesia latinoamericana en Chile. Escribimos a partir de una profunda gratitud por lo recibido, en nuestra vida como cristianos y cristianas católicos. Compartimos con ustedes nuestras reflexiones en la convicción que todos y todas caminamos juntos dando fe de “la gran esperanza que hemos recibido”, y que aun si tuviéramos diferencias, es ésta la que nos une.

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1. Acogida, sanación y diálogo en las comunidades de la Iglesia y con su jerarquía

Nuestras experiencias personales con la Iglesia, son historias que por un lado expresan un profundo anhelo de acogida, y por otro, experiencias de distanciamiento, dolor y rechazo. Gracias a PADIS+ y con la ayuda de nuestros acompañantes, personas concretas y comunidades individuales de nuestros entornos cercanos, hemos podido experimentar un reencuentro tímido con la “institución”, un reencuentro, que en la mayoría de nosotros, necesita sanar antiguas heridas y dolores.
Dado lo anterior, nuestra pertenencia eclesial, al amparo de CVX Chile, supone para muchos y muchas un puente que nos vincula con la Iglesia local y universal, un signo de esperanza y aceptación. Necesitamos gestos y acciones concretas de personas representantes de la Iglesia que, inspiradas en el Evangelio y el Espíritu, nos ayuden a elaborar nuestras frustraciones y dolores, y reaccionen contra la violencia y discriminación de la que hemos sido objeto. En este sentido, nos dolió profundamente que la Santa Sede, el año 2011, rechazara firmar un texto que se presentó en la ONU, sobre la despenalización universal de la homosexualidad. Nos dolió porque sabemos cuáles son las consecuencias que trae sobre nosotros y nuestros hermanos, esta aparente legitimación de la homofobia.

En nuestro proceso de reencuentro, son varios los elementos que ayudaron y siguen ayudando. Podemos discernir los siguientes frutos en nuestro caminar como Pastoral:

  •  Los relatos concretos de nuestras historias con Dios y nuestro encuentro personal con Jesús, nos ayudaron a compartir lo que hemos vivido: La Pastoral ha permitido que circule la palabra entre nosotros y que con ello, otros sean los relatos disponibles, otras las valoraciones y los juicios respecto de nosotros mismos y de nuestra identidad como católicos y católicas.
    Percibimos que para muchas personas es más fácil la aceptación y el respeto hacia nosotros cuando nos conocen personalmente y acceden a enfrentar sus prejuicios y concepciones en diálogo con nuestras historias y nuestro testimonio de fe. Por esta y otras razones, hemos decidido asistir a la conferencia “Caminos del Amor” en Roma, el 3 de octubre del 2014.
    Si nuestro testimonio puede aportar a hacer de la Iglesia y la sociedad un lugar respetuoso y más humano, valdrá la pena el esfuerzo y la motivación.
  • El compartir en comunidad con otras personas homosexuales, lesbianas y bisexuales nos ha permitido un reencuentro con nuestras raíces e historias de fe. Hemos revisado nuestras imágenes de Dios y de Iglesia, heredadas de nuestras familias y parroquias de origen, y hemos aprendido a distanciarnos de todo aquello que contribuyó a alejarnos de Dios y la Iglesia, y que hizo que nos experimentásemos desde el dolor y la culpa. Reflexionar sobre estas experiencias nos ayudó a confirmar nuestras convicciones en un Dios de amor incondicional y corroborar en la práctica que una Iglesia que refleje este amor es posible, reconociendo la acción de Dios y del Espíritu en la vida de cada uno, en sus proyectos y deseos.
    Al mismo tiempo, la Pastoral ha acogido nuestra frustración y resistencias, el daño y la violencia de la que algunos hemos sido objeto, toda vez que se utiliza la religión como recurso para discriminar, excluir y agredir al que es distinto en razón de su orientación sexual. Nuestra inserción dentro de la comunidad que nos acoge, nos ha permitido sentir la compañía y el apoyo de quienes hoy defienden nuestra participación activa en la Iglesia.
  • Organizándonos como laicos y laicas, hemos podido apropiarnos de los frutos del Concilio Vaticano II sobre la dignidad inherente de todos los bautizados, y la responsabilidad que todos tenemos para el mayor crecimiento del cuerpo de Cristo en la Tierra.
    Es decir, hemos acogido el llamado a constituirnos como un grupo de laicos que se gesta y se organiza colaborando con los sacerdotes y religiosos como compañeros de un camino trazado por nosotros.
  • Este espacio de participación en la Iglesia es de aún mayor importancia, al considerar que muchas veces hemos sido “doblemente discriminados” –por otras personas de la diversidad sexual a causa de nuestra identidad católica- Poco se entiende en muchas organizaciones LGBTI por qué queremos “quedarnos donde nos discriminan”.
  • Para nuestros acompañantes, religiosos y laicos, el acompañamiento y la acogida se comprenden desde la escucha a las necesidades y deseos del otro; se distancia de toda imposición e intento por someter a otros a mis propios ideales, aunque se invita a orientar la vida hacia mayor consistencia, veracidad, transparencia y un profundo reconocimiento de sabernos creados y amados por Dios de amor; además, el acompañamiento respeta el ritmo y proceso de la persona y del grupo (“tiempo, lugar y persona”), implicándose recíprocamente en la acción pastoral.
  • Pese a nuestra historia y las experiencias particulares, gradualmente hemos ido discerniendo nuestra forma de incidir en el modo en que la Iglesia se aproxima a nuestra realidad, buscando el diálogo y los espacios para compartir nuestro testimonio con el clero y con los obispos. Las confianzas son frágiles, pero con cada conversación sentimos que estamos creciendo. Estamos esperanzados porque hasta ahora, hemos salido cada vez más confirmados que el camino del diálogo y del conocimiento abre espacios para la acogida y la comprensión dentro de la Iglesia.

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2. Homofobia y dolor

Venimos de una tierra donde la discriminación frente al que es “diferente” es estructural. Lo podemos ver e identificar en relación a las mujeres, los pueblos indígenas, a los migrantes (especialmente los afro-descendientes o indígenas) y de modo particular, a los/as empobrecidos/as social, cultural y económicamente.
En relación a la diversidad sexual, Chile ha experimentado una apertura considerable en los últimos años. Recién en 1998 se despenalizan las relaciones homosexuales consentidas entre adultos. Hoy, el país está a la espera de la aprobación por el Congreso de un proyecto de unión civil entre parejas heterosexuales y homosexuales que permitirá otorgar mayor protección jurídica a sus asuntos patrimoniales, tributarios, hereditarios y, eventualmente, familiares. Adicionalmente, se discute una ley sobre identidad de género que pretende facilitar servicios de salud, protección y reconocimiento legal a las personas transexuales.
Con pesar, reconocemos que en nuestro país, durante el transcurso de los años 2012 y 2013, dos jóvenes homosexuales fueron brutalmente golpeados, fruto de lo cual murieron. Eso, sin contar los casos de hermanos y hermanas nuestras, que son violentados y discriminados en razón de su orientación sexual o identidad de género y que no alcanzan a ser noticia. Y si lo son, volvemos rápidamente a nuestras rutinas y la indignación no trasciende mayormente.
En el ámbito eclesial, percibimos en general un ánimo similar al que observamos en nuestra sociedad, evidenciando un discreto avance en dichas materias, destacando positivamente la declaración de un Obispo de la Conferencia Episcopal chilena, quien condenó enérgicamente la homofobia como expresión de una actitud que no es coherente con el Evangelio, ni con la persona de Jesucristo. No obstante lo anterior, existen también señales adversas en el laicado, el clero y en el obispado chileno, manteniendo en sus palabras y prácticas, la condena de la vivencia de nuestra sexualidad en plenitud, como expresión de amor hacia otra persona.
En nuestro país existe una gran segregación social y cultural que el sistema educativo reproduce y amplía. Los colegios particulares católicos, donde se forma gran parte de los hijos e hijas de la elite chilena -quienes luego mayoritariamente gobiernan el país por las estructuras propias que el país exhibe-, reciben una formación que no incorpora en sus currículums la inclusión de la diversidad sexual. La mayoría de los colegios no tiene libertad de acción para incorporar estos contenidos en sus planes de formación, y si lo hacen, solo los incorporan en la medida en que se ajustan al Magisterio y la doctrina católica, dejando fuera los aportes de otras disciplinas y saberes en torno a la sexualidad, que facilitarían el desarrollo de procesos de discernimiento en el alumnado, a la luz del Evangelio y su experiencia.
Como Pastoral, reconocemos con vergüenza que también representamos parte de los rasgos de discriminación estructural de nuestro país. A pesar de nuestras mejores intenciones, experimentamos dificultades para encontrarnos con personas distintas a nosotros en razón de su raza, condición económica, género, sexo y/o religión, descubriéndonos muchas veces tentados a distanciarnos de personas que no viven su sexualidad según nuestros valores y criterios. También tenemos que convertirnos hacia una mayor acogida, para que veamos, tal como Jesús en el encuentro y la sanación de la extranjera (Mt 15,21-28), siempre primero la persona. Para nosotros, ese desafío es, de manera preferencial, el aprendizaje y la apertura para acoger a personas transexuales que quieran acercarse a nuestro grupo, y todo aquel y aquella –ya parte del grupo o no– que provenga de otros contextos sociales y/o culturales. Esto por cierto, respetando la decisión de la persona de querer participar e integrarse a nuestra pastoral.

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3. De condiciones y opciones.El testimonio de un amor en veracidad

De acuerdo al Magisterio y la doctrina católica, la Iglesia nos propone vivir nuestra sexualidad en la castidad, asumiendo que todos y todas nos sentimos llamados a optar por una vida célibe, por una condición innata que experimentamos como inmudable, que no es una opción para nosotros.
Nuestras vocaciones y llamados son múltiples y diversos. No todos estamos llamados a lo mismo. La castidad requiere de nuestro consentimiento y nuestra libertad. Tal cual como está formulada la enseñanza de la Iglesia respecto de estos temas, no ofrece más alternativas que ésta, dejando fuera otros caminos y vías de posible vocación personal y comunitaria.
Sentimos que debemos vivir nuestra vida del modo en que Dios nos creó y según cómo nos llama en nuestras consciencias, e invitamos a los demás a mirar los frutos y compartir con nosotros nuestras alegrías y desafíos.
Invitamos también, a que dejemos el juicio definitivo de los frutos a Dios, dueño e inspirador de la vida. Mientras percibimos nuestra orientación sexual como un “dado”, la vocación concreta, el estado y estilo de vida aparecen como opciones libremente escogidas, según el discernimiento que cada persona realice ante Dios y en fidelidad a su consciencia, dará sus frutos de paz y alegría en la medida que esta vocación sea verdadera y conforme a la voluntad de Dios.
Como sociedad disponemos de testimonios y experiencias de vida concretas que presentan como legítimas las expresiones de afecto entre personas del mismo sexo, aunque el reconocimiento y la protección jurídicos de esas relaciones, aún están en trámite en el Congreso de nuestro país. Nuestros encuentros y reuniones nos han permitido conocer los deseos de quienes han discernido su vocación a la vida en pareja, experimentando en la práctica, que la medida del amor cristiano no distingue ni condiciona sus posibilidades de expresión.
Vemos en la castidad, el celibato, la vida en pareja y la crianza, un llamado que implica nuestra libertad y consentimiento. En fidelidad a nuestras conciencias, optamos por vías de humanización que faciliten la concreción de nuestros proyectos, y que en nada se diferencien del llamado que experimenta cualquier cristiano o cristiana. La familia aparece como un horizonte posible, que muchos y muchas ya viven en el núcleo de sus relaciones de pareja o con quienes consideran que son su familia..
La Doctrina no reconoce como legítimas las aspiraciones antes descritas. La separación entre actos homosexuales y “condición” no facilita que podamos integrar nuestras vivencias en los ámbitos afectivo y sexual, dentro de horizontes de realización y plenitud que puedan ser también, buena noticia para otros.
No comprendemos el sentido que hay detrás, ni la condena que muchos y muchas experimentamos toda vez que escuchamos a la Iglesia referirse de esta forma sobre nuestras expresiones de afecto y amor.
Nos resulta contradictorio que, aun cuando elijamos vivir nuestra sexualidad según los mismos criterios que se le proponen a toda pareja heterosexual, esto es, fidelidad, fecundidad, apoyo mutuo y entrega, la respuesta de la Iglesia sea, para todo caso y circunstancia, la misma condena y rechazo. La apertura y sensibilidad que percibimos en nuestra sociedad y al interior de la Iglesia, nos anima a confiar que este Sínodo de la familia puede ser ocasión para revisar las enseñanzas de la Iglesia sobre estas materias y discernir juntos nuevas maneras de aproximarse a la realidad de muchas parejas de gays, bisexuales y lesbianas que ya están viviendo juntas, formando familias y/o criando hijos. Eso incluye formas de ayudar a parejas del mismo sexo que tengan hijos en su deseo de educarlos en la fe.

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4. Formación del clero y de religiosos en temas de sexualidad y diversidad sexual

Algunos y algunas de nosotros han experimentado la expulsión de la formación al sacerdocio o en congregaciones religiosas, por su orientación sexual. Otros han optado no perseguir el camino de la vida consagrada por experiencias de discriminación o por el hecho de tener que silenciar permanentemente un aspecto fundamental de su vida, incluso queriendo escoger la vocación del celibato.
Ha sido de mucho fruto para nosotros, reunirnos una vez al año con un grupo de religiosos y religiosas que han manifestado su interés en conocernos y aprender juntos. El encuentro personal con ellos nos ha permitido conocer sus impresiones y desafiar tradiciones de enseñanza que prescinden de la persona y la sitúan como un objeto por conocer. Este tipo de encuentros y diálogos desafían también, prejuicios y supuestos que se trasmiten dentro de las propias congregaciones o la formación diocesana.
Tenemos la impresión que la invisibilidad de la sexualidad en la vida religiosa, el secretismo ante la homosexualidad presente en ella y la laxitud que algunos hemos visto y oído, nos desafía a querer colaborar también, en que muchos y muchas no experimenten como incompatible su homosexualidad con la vocación a la vida religiosa. Si vamos a hablar de la sexualidad u homosexualidad en la Iglesia, ¿se incluye, en esto, la orientación sexual de todos y todas los implicados? ¿O sólo la de quienes como laicos y laicas están “en contacto con el mundo”?
No se trata que los religiosos y las religiosas homosexuales salgan del clóset (aunque tal vez sería bueno si pudieran, conociendo la mayor fuerza del testimonio de la fe y de Cristo que usualmente permite la veracidad que acompaña el asumirse), sino que se trata de preguntarnos, ¿qué tipo de educación sexual reciben los pastores? ¿Cómo esta educación les prepara a acompañar a homosexuales, lesbianas, bisexuales, transexuales? ¿Cómo se trata hoy a los homosexuales que pertenecen a comunidades religiosas de base? ¿Cómo se percibe y cómo se erradica la homofobia dentro de las instituciones de formación y dentro de las comunidades? ¿Qué pasa con la vivencia y expresión de la sexualidad dentro de esas comunidades y cómo esto repercute fuera (en el trabajo pastoral)? ¿Cómo podría la formación de los religiosos, religiosas y sacerdotes ganar en una integración sana de la energía creativa de la sexualidad, para mayor fuerza y credibilidad del testimonio que entregan a la Iglesia y la sociedad? ¿Cómo se debiera incluir en estos contextos, la acogida a distintas orientaciones sexuales? Sentimos que esos procesos podrían sensibilizar para la acogida de cualquier persona que es “diferente”, incluso si fuera dentro del clero o las congregaciones, en la convivencia fraterna y en el trabajo pastoral.
Los religiosos y religiosas que nos acompañan destacan que la pastoral ha sido un espacio de humanidad y de humanizarse, un espacio donde todo el tiempo acogen la Buena Nueva y donde han podido reconocer a Dios actuando, al Espíritu Santo soplando y a Jesús sanando, incorporando, consolando e invitandoles a que se unan a ello, en un espacio donde se sienten hermanos y compañeros de camino, reconociendo una Iglesia viva, movilizada, comprometida, con laicos y laicas empoderados que los invitan a conocerse en el caminar.

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5. Mensaje de Jesús y nuestro apostolado como bautizados

Las fragmentaciones que hemos vivido en nuestras historias personales, a causa del difícil proceso de asumirnos como personas “diferentes”, se han visto reforzadas muchas veces por la Iglesia. Al mismo tiempo, asumirse ha sido para muchos de nosotros, un acto de profunda confianza y honestidad ante Dios, en la profundidad del alma donde “el Creador habla a su criatura”. Si aún seguimos y estamos en la Iglesia trabajando por el Reino y comprometiéndonos, ha sido para promover un cambio, para dar testimonio y fe de esta buena noticia, que es la dignidad del bautizo. No somos llamados a quedarnos en las “tiendas del Tabor”, sino de llevar esa buena nueva a nuestros hermanos y nuestras hermanas, homosexuales, heterosexuales, incluso, a quienes experimentan mayores resistencias y dificultades con nuestra aceptación.
Estamos conscientes que las resistencias en nuestro país y en la Iglesia aún son mayores en una realidad que sigue siendo hostil y que en muchos sectores eclesiales se sigue manteniendo y fomentando. Teniendo a la PADIS+ y el espacio que le brinda CVX Chile -en conocimiento de la Conferencia Episcopal de Chile con cuyos representantes estamos en contacto y quienes nos han visitado-, somos afortunados. Esta consciencia genera en nosotros un sentido de responsabilidad respecto de nuestros hermanos gays, hermanas lesbianas, bisexuales y transexuales. Somos un grupo afortunado porque disponemos de un espacio íntimo y privado en el cual podemos reunirnos, conversar y crecer juntos como comunidad en la fe. Quienes por diversos motivos no cuentan con los resguardos y la protección que nosotros sí tenemos, quedan más expuestos a la homofobia y sus efectos.
Somos un grupo afortunado, sabemos que nuestra historia como PADIS+ no es la norma entre quienes aún se sienten discriminados e incomprendidos debido a su orientación sexual y pertenencia eclesial, o la de sus hijos e hijas. Lo que hemos vivido no podemos guardarlo: la buena noticia se comparte. Nuestro testimonio ha permitido que otros y otras reconozcan la acción de Dios presente en lugares donde quizás no esperaban descubrirlo. Para la Iglesia y la sociedad han sido motivo de alegría y esperanza, de renovación y encuentro con realidades que siempre han sido percibidas como amenazantes.

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6. Nuestros sueños como padres y madres de hijos e hijas LGB

Nuestra experiencia como padres, acompañando a nuestros hijos/as homosexuales, nos ha demostrado que es imprescindible que se generen espacios dentro de las pastorales familiares, para que padres y madres con hijos/as homosexuales puedan acompañarse y contenerse en este camino. Cuando un hijo sale del closet con sus padres, en ese momento es cuando los padres entran en el closet ante la sociedad y la Iglesia. Surgen las angustias, las culpas, las inseguridades, los miedos a lo desconocido y pareciera que el mundo se acabara.

Soñamos con una Iglesia que quiera acoger a las familias con hijos/as homosexuales, que se preocupe por ellas y entregue herramientas para que esa familia pueda seguir caminando junto a su hijo/a, sin vergüenzas, sin miedos, que siga sintiéndose parte de la comunidad a la que pertenece, porque tiene la certeza de que su hijo/a, seguirá siendo reconocido/a y valorado/a, como persona en plenitud.
Soñamos con una Iglesia que quiera abrirse y permita un desarrollo integral de la persona, mirando los desafíos que los nuevos tiempos nos invitan a vivir.
Soñamos con una Iglesia que sea valiente y no tenga miedo a acoger a todos los hombres y mujeres, sin importar su orientación sexual, abriendo caminos para que desde la formación primaria en los colegios, los niños puedan conocer los distintos modelos de familia que existen en toda su dimensión.
Soñamos con una Iglesia que quiera ser fiel al mensaje del evangelio y sea lugar de encuentro y de acogida para todos los hijos de Dios, sin exclusiones de ningún tipo.
Soñamos con abandonar los manuales y documentos y reemplazarlos por la escucha activa y genuina de la novedad que el otro me revela. Tenemos confianza en la acción de Dios sobre la vida de cada persona, en el Espíritu que habita en sus consciencias y en la certeza de que nos necesitamos mutuamente en el proceso de descubrirnos unos con otros.
Sentimos que este anhelo resuena con lo que desde otros países leemos en los insumos para el Sínodo que algunas conferencias episcopales han resumido y publicado.
Nos atrevimos también decir que resuena con un sensus fidei más amplio, por parte de personas no directamente concernidos con el tema que planteamos.
Creemos, y así lo hemos confirmado por las reacciones de muchas personas que nos han conocido, que los frutos que vemos son motivo de alegría y esperanza. Personas dolidas con la Iglesia vuelven a ella, confirman su vínculo para con ella, y la vuelven a querer a través del testimonio de la comunidad mayor – religiosos, religiosas, laicos, laicas – que acogen; las heridas pueden sanar, personas anteriormente aisladas o alejadas, vuelven a vivir su fe en comunidad; el dolor y la rabia se convierten poco a poco en un compartir del testimonio de acogida y una salida hacia los demás.

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Consejo PADIS+

Santiago de Chile, 14 de septiembre de 2014

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